lunes, 29 de marzo de 2021

The Joker, Karmen, Ultramega y Maniac of New York


RESEÑAS


THE JOKER #1 (DC, James Tynion IV, Guillem March): No voy a decir que soy indiferente al encanto de Joker (a pesar de su sobre exposición) ni pregonaré sobre lo aberrante que resulta la popularidad de un psicopata criminal, pues ante eso, es natural que exista una serie mensual protagonizada por este demente sin escrúpulos.


De hecho, lo que me maravilla, es que tuvieran que pasar cuatro décadas para que sucediera esta publicación, conociendo la popularidad de este asesino (el mote de antihéroe hasta guango le queda). Fue en 1979 cuando se publicó la primera y única serie mensual que había tenido el personaje y que no pasó de los 9 números; y después de eso no han faltados las miniseries, números especiales y novelas graficas centradas en este asesino socarrón. Pero hasta ahora se publica de nuevo una serie mensual centrada en él, y la cual me parece que se convertirá en algo mayor si se mantiene el nivel del primer número.


Tras los últimos acontecimientos entre la relación de Batman y Joker en recientes sagas,  nos encontramos con un Hombre Murciélago abatido y un payaso tuerto, y más demencial y diabólico que nunca -aunque creo que ese es uno de sus grandes rasgos, que siempre nos hace creer que lo está más de lo normal-; y todo eso por supuesto arrastra a otros personajes.


Caso en concreto James Gordon, quien se encuentra ahora fuera de la fuerza policiaca, y es en ese vulnerable punto en el que le llega una oferta a la que difícilmente se le puede ser indiferente: una jugosa cantidad para exterminar al payaso cabrón.


Así las cosas, Tynion IV reúne los nudos necesarios para lograr equilibrar su acostumbrado y cargado texto entregándonos, ahora, una narrativa que no se siente pesada ni sobrada, en la que el relato heroico ha quedado atrás, para dar paso a un asomo sombrío a la desazón de los que combaten el crimen y a la oscuridad de aquellos que lo cometen por puro gusto o naturaleza.


Gordon se encuentra en un punto parecido al que se hallaba cuando partió de Chicago hacia Gotham para convertirse en Comisionado  de Policía; es decir, está cerca del tono del Batman Year One, de Miller y Mazzuchelli, y el tono y talento de aquella ya canónica historia permea en todos los positivos sentidos posibles este primer número (tanto así, que incluso el muy personal y elocuente trazo de March reproduce a ratos los rasgos de los muy personales trazos de Miller y Mazzuchelli, algo fascinante para el lector clavado).


A Gordon se le anuncia -y conforme las horas y los amargos tragos van pasando va haciéndose notable- que está a punto de sumergirse en un viaje por el mal auténtico, un relato que comienza a caer en un horror y violencia realmente desagradable, pero inolvidable. Esperemos -por el bien de la historia- así siga esta serie.



KARMEN (Image Comics, Guillem March): Hablando de Guillem March, acaba de publicarse el primer número de esta miniserie de cuatro números totalmente realizados por este autor español. La experiencia que hasta ahora había tenido yo como lector con con el trabajo de March se encasillaba en su trabajo para el cómic estadounidense de superhéroes, el cual me resultaba tremendamente atractivo (hay por ahí un Annual alucinante de la Justice League Dark con Swamp Thing), pero donde se notaba que no estaba del todo liberado. Ahora con su reciente y constante trabajo en Batman y en el fresco The Joker, el trazo de March se nota espléndido, y teniendo la oportunidad de leer y ver algo totalmente de autor es casi inenarrable.


Casi imposible de relatar aún por dónde va con su primer número, KARMEN es el descenso de una suicida en el ¿Limbo? o algo así, y la cuestión es que la no menos atractiva historia podría ser menos incluso, pero la realización gráfica de March es tan hermosa que aquello no importaría.


La gran cantidad de detalles y acumulación de líneas que en su trabajo mainstream pueden llegar a ensordecer, aquí se nota con una armonía casi inmaculada, sin perder su barroquismo y montando un espectáculo visual que invita a meterse en él, y quedarse ahí.


Repito, aún no estoy seguro de qué va la historia; pero yo ya estoy bien puesto ahí y espero que todo vaya creciendo aún más. 


Las portadas tanto de March como de Milo Manara para el número 1 son igual de bellas.



ULTRAMEGA (Image, James Harren): Como lo sabemos y lo está mostrando claramente durante estos días Godzilla vs. Kong, las historias de kaijus son pretextos invariablemente para mostrar madrizas inolvidables. Este cómic de James Harren no es la excepción, aunque los resortes de la historia no son nada indiferentes. 


En ella una fuerza extraterrestre permite la transformación de tres terrícolas para combatir una invasión de kaijus, en medio de un interesante y estresante meollo melodramático. Harren explica en el epílogo a este número 1, que esta historia es resultado de su amor por cosas como Evil Dead, Robocop y Devilman, es decir, uno lee esto y entonces entiende de una manera más clara los interesantes recursos y atajos presentes en la historia, y comprende que la obra anuncia un acercamiento personal y, por tanto, prometedor al kaiju sin ser eiga.


Y si los razonamientos dramáticos son buenos, ya estamos más allá del otro lado entonces, porque las ilustraciones son un verdadero agasajo. Aunque por breves momentos podría sentirse una variación en el dibujo, en realidad es la celeridad -me parece- que Harren busca imprimirle al relato, en el que el quebranto de un ser humano como padre y esposo se suma al de una emergencia existencial y mundial. De cine de catástrofes kaiju a body horror, pasando por el drama clásico, ULTRAMEGA entrega un arranque épico y energético en su primer número, el cual esperemos siga por el buen camino de la destrucción y monstruos descomunales.



MANIAC OF NEW YORK (Aftershock, Elliot Kallan y Andrea Mutti): Este cómic instantáneamente remite al capítulo en Manhattan de la saga fílmica protagonizada por Jason Voorhees, como el título puede demostrarlo. Pero en realidad, fuera de la máscara de hookey del asesino, la historia se va por otra línea, pues aquí sí tenemos una historia interesante.


El asesino conocido cómo Harry, muestra una capacidad sobrehumana para el asesinato y su presencia tras varios años ha resultado ser prácticamente indestructible e infranqueable, lo que lleva a crear una ‘unidad’ especializada en el caso -confirmada por dos mujeres y prácticamente nulo presupuesto y apoyo- en un Manhattan que vive en el terror de contraer la muerte entre sus calles; es decir, los ecos de la pandemia y de la lucha de géneros, logran ir más allá del oportunismo dándole el peso dramático e histórico del que carece la vacua serie de Friday the 13th, por ejemplo.


Apenas van 2 números de esta miniserie, pero el ritmo aumenta y el suspenso se dilata correctamente intrigando con una naturaleza extraordinaria del asesino y profundizando en las historias y conflictos de sus perseguidores y de sus víctimas.


En resumen, esto es lo que le hace falta a muchas sagas gringas mediocres de asesinos en serie.

viernes, 12 de febrero de 2021

EL INCAL, a 40 años

Es bien sabido por los partidarios de la obra de Alejandro Jodorowsky, que El Incal (tal vez su obra más importante y popular en cómic, aunque no la única extraordinaria) surge aparentemente de un sueño apocalíptico en el que el autor chileno atestigua el choque épico, descomunal, transformativo de dos enormes pirámides. A partir de ahí, el regreso al mundo consciente del artista chileno ha sido alterado y decide iniciar entonces una más de sus extraordinarias aventuras artísticas.

En la lectura del Tarot, en la llamada Tirada de la Pirámide, se eligen diez de los veintidós arcanos mayores con la intención de resolver dudas, preocupaciones o deseos concretos; es, de cierta manera, un asomo al subconsciente. Es en el propio sueño inconsciente donde Jodorowsky tira los arcanos y recibe la respuesta más gráfica y concreta que pudo haberse dado.

Esto fue en 1980. Unos años antes –en 1974– de manera fáctica en otro sueño a Jodorowsky se le ordena adaptar al cine Dune, de Frank Herbert, ¡cuando ni siquiera la ha leído aún! Eso tampoco impide que la primera tarea que realiza cuando el mundo despierta sea adquirir una copia de la obra, leerla y comenzar el mayor y estrambótico proyecto cinematográfico de ciencia ficción jamás filmado. Desafortunadamente, tras más de dos años de intenso trabajo de un equipo sin precedente de artistas el proyecto es interrumpido, dejando depresión y enfermedad entre sus involucrados, aunque esparciendo igualmente los muchos hallazgos logrados.

Los beneficios del ‘fracaso’...

Durante el transcurso de cinco años tras la debacle de Dune, Jodorowsky ha logrado levantarse. Entre México, París y la India ha continuado con el entramado artístico que lo delata: con obras de teatro, edición de revistas y la dirección de un filme accidentado y prácticamente olvidado (Tusk), el futuro realizador de Santa Sangre anima el espíritu artístico y logra darle el pan al cuerpo que lo sostiene. En ese punto, cuando cuenta con 50 años de edad, llega ese segundo sueño premonitorio o detonante que lo lleva a reforzar una carrera que no había echado a volar del todo en otro medio.

Volviendo a Dune por un momento, ahí Jodorowsky reunió una célula de genios artísticos en sus distintos apartados que, como veremos, definirían patrones y el futuro del cine fantástico en Hollywood durante las siguientes tres décadas (y si aquel proyecto de Dune nunca se concretó, lo que sembró, hoy día sigue dando los frutos más ricos e influyentes en el cine y buena parte de las narrativas más socorridas), compuesta por Hans Rüdi Giger, Chris Foss, Dan O’Bannon y Jean Giraud ‘Moebius’. Con Moebius, quien para entonces ya es un historietista e ilustrador de sueños y fantasías sin igual, decide retomar el vuelo quebrado en Dune; forjando un nuevo camino en el cómic que arranca con el poema ilustrado sin igual Les Yex du Chat (1978).

Y con este mismo artista decide responder a la necesidad de construir un nuevo mundo a partir de la destrucción que esas dos pirámides colisionando pueden significar...

En el lustro que se da entre el esfuerzo e imposibilidad de concretar Dune y la concreción de El Incal, Jodorowsky observa una pasarela de obras cinematográficas que parecen llevar como milagros sobre las solapas la agitación creativa detonada por él y el equipo que conformó. Filmes como Star Wars, Alien y unos años después Blade Runner, eran una realidad que se forjó con la sangre de Dune y que, de alguna manera, erosionaban el ánimo de su principal perpetrador. El choque de aquellas moles piramidales parecía ser el subconsciente que gritaba sin boca, sin posibilidad de expresarse. Había que radicalizar la cura.

Si algo queda claro en la obra de Jodorowsky como escritor de historietas, es que la imaginación puede rebasar cualquier presupuesto cinematográfico y que, por tanto, el único problema es la calidad de las ideas. Con Jodorowsky, indudablemente, nos encontramos ante uno de los pensadores más originales, impactantes y arriesgados del pasado siglo y lo que va de este, por lo que su materia prima no está falta de recursos, y más aún si hace mancuerna con un dibujante sobrenatural.

Así, además de componer un exorcismo para su creador, El Incal se revela como una space opera en la que la acumulación de eventos, personajes, géneros narrativos, estilos de dibujo y giros argumentales pueden ser dilucidados simple y llanamente como un relato iniciático, para sus autores y sus lectores.

Creando paradigmas

El Incal es una obra que se inscribe dentro de un medio e industria sumamente minimizado aún en el momento que comienza su publicación (1º de diciembre de 1980, Metal Hurlant #58), y a pesar de cumplir con cierta periodicidad y con ciertos requisitos del medio impreso y del narrativo, sus motores son atípicos y su búsqueda hoy día continúa infranqueable.

Cuarenta años después del inicio de su publicación, la percepción del medio del cómic ha cambiado, sí, aunque hoy se debate entre ser un medio de hallazgos narrativos policromáticos y la escaleta de un posible multimillonario y aburrido blockbuster hollywoodense. Por si fuera poco, el mundo sigue siendo medio redondo y no ha mejorado en nada. De hecho, el caos reinante cada vez se semeja más al propuesto por el guión de Alejandro Jodorowsky y las ilustraciones de Jean Giraud “Moebius” en El Incal: escenario distópico y apocalíptico, con los tonos sociales bien definidos por claros niveles inferiores y superiores, aunque donde para todos gobierna el mismo presidente clonado... desde hace nueve periodos; donde psicoratas se reproducen mayormente entre más miedo les tenga uno, donde hay gaviotas de concreto y los mutantes son una raza más y, entre miles cosas más, está el callejón de los suicidios... para todo aquel que lo requiera como último recurso o, para los más, aquellos que quieran pasar un buen rato viendo caer suicidas y recorrer una altura kilométrica, tan extensa como una vida.

El Incal rompe paradigmas desde su cardiaco y suicida arranque: el lector es inmerso de lleno en el agobiante problema del protagonista, John Difool, investigador de quinta quien por un grupo de mercenarios que buscan el Incal ha sido arrojado por el callejón del suicidio con rumbo al lago de ácido. Este cardiaco inicio-epílogo pone entonces las cartas sobre la mesa: estamos a punto de ver una historia que da giros, pero, más aún, que es un círculo en sí misma. Y ese círculo, aunque nos habla de una forma de uróboros, se compone de mutaciones y transformaciones, podemos saber hacia dónde nos lleva el final, pero el camino es tan ignoto y variable, que hasta antes de El Incal no había nada parecido en la historieta y buena parte de la narrativa audiovisual.

Durante ocho años, tiempo en el que se fue publicando por entregas variables de tiempo en la ya mencionada Metal Hurlant, Jodorowsky y Moebius construyeron este relato que el creador pánico le relataba y actuaba al ilustrador galo, mientras este tomaba notas y realizaba sketches que servían como paso intermedio para el dibujo y el guión final (un método que, curiosamente, se semeja mucho al utilizado quince años antes por Stan Lee con Jack Kirby y Steve Ditko para el trazo de la dramaturgia del Universo Marvel). Moebius se impuso la tarea de completar una de las páginas de El Incal (que se compone de 291 páginas de historieta) de manera diaria, lo que arroja un relato donde el dibujo puede dilatarse y encogerse en una cantidad inconmensurable de detalles dependiendo del trance vivido por los personajes o del estado anímico del propio artista.

Y así en el resultado final en la hoja de papel encontramos el viaje de John Difool por todo el Universo para restaurar la justicia y conquistar la oscuridad con la ayuda de la luz del Incal, una pequeña piedra piramidal gestada en el círculo más ordinario y profundo de la Tierra, sensible y consciente, y cuyos poderes son tan inabarcables como todopoderosos.

En su recorrido editorial (inicialmente en Francia y a través de más de una veintena de ediciones en distintos idiomas), El Incal ha transformado la percepción de guionistas y dibujantes de la industria del cómic alterando, así, lo que han hecho para obras como Spider-Man, The Ultimates, Iron Man o Transmetropolitan (desde autores como Brian Michael Bendis, Mark Millar y Warren Ellis, quienes han declarado su admiración por la obra, hasta ilustradores como el veracruzano Omar Ladrönn, quien encontró un camino a partir de la lectura de esta obra que desemboca en el encargo de ilustrar Final Incal, además de Les Fils d’El Topo, la secuela en cómic al clásico fílmico de Jodorowsky), y a la vez es objeto del interés de varios cineastas para adaptarla al cine, como es el caso de Ridley Scott (hablando de paradojas absurdas) y Nicholas Winding Refn, quienes han trabajado y trabajan en adaptaciones animadas y de acción real.

El círculo parece cerrarse de nuevo, y el fracaso inicial ha provocado un cambio ‘universal’.

Esta ‘crónica’ de la heroica gesta iniciada para alcanzar El Incal, queda entonces como simple agradecimiento y tributo para una serie de artistas y creadores comandados por Jodorowsky, y quienes ‘alcanzaron’ la luz hace 40 años. Que cada lector aborde y comprenda directamente por cuenta propia la historia de esta épica, pues es mejor descubrir por cuenta propia los símbolos o giros de tan rico tapiz historietístico (sin olvidar las precuelas, secuelas y tie-ins o historias relacionadas, todas escritas por Jodorowsky e ilustradas por un rosario de artistas del más alto nivel, como la soberbia La Casta de las Metabarones, ilustrada por el finado Juan Giménez).

viernes, 3 de abril de 2020

Juan Giménez, México y Sitges

¿Cuánto cambiará el mundo o cuánto cambiaremos nosotros...? Es algo que aún no sabemos, que aún no queremos saber o que no estaremos dispuestos a saber mañana, en una semana, en uno o dos o tres meses.

Con lo único que podemos contar desafortunadamente es con los datos, con el frío bofetón de las noticias. Y así fue como hace unos días nos enteramos de que el gran ilustrador, narrador e historietista argentino Juan Giménez estaba infectado de COVID-19, y que desde días atrás yacía hospitalizado. Ayer nos enteramos que su cuerpo no resistió más y que fue vencido.

No me gusta esa palabra, pero en este caso me parece que resulta detonante porque Giménez –como todos los grandes artistas, y cualquier gran profesional en todo rubro que se les ocurra– contagió con su talento y, además, nos entregó imágenes inolvidables, indelebles, que hasta su momento no habían sido vistas en los terrenos de la plástica y la narrativa. Es decir, su trabajo habla de vigor total, nada de batallas perdidas.

Como muchos lectores –creo– me vi inmerso verdaderamente en su trabajo al comenzar a leer en forma La caste des Méta-Barons, con guiones de Alejandro Jodorowsky, durante su publicación en EU a partir del año 2000. Ya antes había tenido oportunidad de leer alguna historia corta o episodio de algún trabajo más extenso –incluso ya tenía uno o un par de álbumes de los Metabarones, pero que aún no leía porque no los tenía consecutivos– en algunas páginas de las muchas antologías europeas y estadounidenses que tenían a bien reproducir los trabajos de muchos grandes autores trabajando para el mercado europeo.

Con los Metabarones me encontré ante una obra cumbre del medio y de la narrativa de la CF del Siglo XX. No voy a hablar de la increíble historia de esta saga de una genealogía de mercenarios intergalácticos a través de los siglos y del espacio, plena en drama, acción, sangre y pasión. Hasta ese momento, y hasta el día de hoy, no se ha visto una space opera como Le caste des Méta-Barons.

La mitad del peso de esta extraordinaria obra recae en la imagen, un trabajo que Giménez construyó con la experiencia acumulada por los años (obras como Basura o El Cuarto Poder, dan fe de su maestría), y estudios en diseño industrial (por un lado, con un fascinante conocimiento ergonómico aplicado a sus máquinas y espacios) y de la pintura y las bellas artes (por el otro, aplicado de manera descomunal con la utilización del color y en el uso de la luz, la figura humana y esos rostros que me recuerdan a Rembrandt y el Barroco en general).

De esa manera, esta saga ofrece un espectáculo sin precedentes, donde tanto el texto como la imagen plantean nuevos caminos para el medio y detonaciones mentales para los lectores.

Los ocho retratos de ocho protagonistas que Giménez pintó para cada episodio de la saga, son un aspecto que hasta ese momento poco se había explorado en el cómic. Se trata de retratos que semejan haber contado con un modelo real y, sobre todo, que nos hablan de un futuro lejanísimo que de manera interesante voltea hacia el Barroco para capturarlo. Es algo esplendoroso e inolvidable.

Juan Giménez visitó México en 2003, como parte de la convención de cómics Utopía, y ahí coincidió con Carlos Meglia (ya fallecido) y Francois Boucq, los tres, artistas que habían colaborado en distintas obras en cómic escritas por Jodorowsky.

Tuve la ocurrencia de proponerles realizar una suerte de mesa de discusión con los tres como entrevista hablando de su experiencia colaborando con Jodorowsky, y corrí con la suerte de que aceptaran de buena gana.

La entrevista resultó una revelación, donde los tres encontraron tanto fascinante como complicado trabajar las ideas y los guiones de Jodorowsky, y terminaron agradeciendo el momento porque lo habían considerado una especie de terapia en la que pudieron hablar de algo que no habían hecho y que entendieron necesitaban externar.

Los tres grandes personas, y en el caso de Giménez y Boucq autores consumados. De Giménez además de un sketch dibujado en uno de mis tomos de Le Caste des Méta-Barons (que posteriormente logré que firmara también Jodorowsky) me llevé una muy grata impresión de una persona que no sólo era afable por amabilidad profesional, sino porque su espíritu así estaba delineado.

Cuatro años después, en 2007, tuve la fortuna de asistir por tercera ocasión al Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges, y mientras esperaba en el lobby del Hotel Meliá para realizar una entrevista, me topé con el mismo Juan Giménez; mi sorpresa sería doble por el inesperado contacto y porque este gran artista me reconoció de su visita a México. Me platicó entonces que desde los años 80 residía en la hermosa localidad de Sitges (espacio que, comprendí, concentraba a grandes historietistas como, entre otros, a Horacio Altuna, de quien pude ver una exposición un año antes, o el también gran maestro Manuel Sanjulián, a quien pude conocerlo un año después en la inauguración de una muestra en homenaje al filme Casablanca), que era un lugar realmente acogedor, y que cada año era invitado al festival y que asistía con gusto porque era momento para pasarla bien con amigos y viendo cine interesante.

Recuerdo que le pregunté qué posibilidades había de adquirir un original de su trabajo, y de la manera mas amable me dijo que no le gustaba hablar de eso, porque no sabía cuánto podría costar. Nos despedimos y cada quien siguió su camino. En 2015, durante la edición 50 del certamen, le fue entregada la María Honorífica.

Hace unos meses, en el número 74 de la edición original de Batman, se publicó una portada variante firmada por Giménez, y ese inequívoco toque del Barroco le daba un realismo de galería al Hombre Murciélago en portada. Hace un par de días salió a la venta la recopilación mexicana que incluye dicho número, y para ello se publicó una portada variante para darle salida a tan magnífico retrato.

Estamos en marzo del 2020, y nos enteramos que el maestro Giménez había ido a Mendoza, Argentina, su ciudad natal, con la intención de pasar la cuarentena ahí... el problema fue que el endemoniado virus parece que lo vino siguiendo desde España.

Y hoy, todo esto se agolpa en la memoria, porque ayer, a los 76 años, Juan Giménez en apariencia perdió la batalla. Escribo en apariencia, porque físicamente se lo ha llevado un virus enquistado en nuestra sociedad; pero los mundos, los colores, las fabulosas máquinas y criaturas de sus historias han afectado profundamente nuestras ideas y, sin duda, estas se contagiarán también exponencialmente y, ante estas, no habrá distancia que las aleje de nosotros.

sábado, 21 de mayo de 2016

The Witch, de Robert Eggers

Además del Diablo, algo más que causa pavor, confusión y animadversión, habita en las brujas

En nuestra propia cultura, viejos y conocidos son los cuentos, relatos y crónicas que desde el seno familiar y las tertulias entre amigos nos hablan de que la vecina del vecino o el tío desaparecido alguna vez se encontró de cerca con una bruja.

Yo mismo, en 1986, siendo un niño, a unas cuadras de mi casa, en vísperas del paso del cometa Halley, vi cruzar el cielo a una altura no muy importante una bola de fuego a gran velocidad y a la cual confundí con el cuerpo celeste; más tarde, me enteré que su arribo sería días después y a una altura y velocidad muy distintas a las que presencié.

Ante todo esto –y a pesar del rostro en mayor medida grandilocuente y colorido al que nos ha acostumbrado el cine en poco más de cien años–, la imagen de la bruja, lo que implica y lo que provoca, ha sido uno de los temas que más me han apasionado en el cine.

Víctima de la ignorancia y el fanatismo religioso o, por otro lado, con vocación para el auténtico mal, la bruja o se encuentra del lado del conocido como bien o del conocido como mal. Con ella no hay medias tintas.

Así, el filme The Witch (La Bruja), de Robert Eggers, de reciente estreno y exhibición alrededor del mundo ha causado adoradores o detractores; parece que en esto tampoco habrá medias tintas.

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En mi caso, el amor a primera vista fue la respuesta, porque en este hallé un filme que parece (y en parte) fue realizado sin reparar en un siglo de historia fílmica. Se trata de una historia que respeta su tema y fuente, buscando reconstruir un momento histórico sin exageraciones o recursos gratuitos.

En el Siglo XVII, siglo oscuro, una familia en Norteamérica es obligada a abandonar una comunidad y buscar su propia subsistencia. Los padres, un recién nacido, una adolescente, un hijo y un par de pequeños gemelos, niña y niño, buscan sobrevivir a orillas del bosque con sus propios recursos. Un día, Thomasin, la adolescente, decide llevar a pasear cerca del bosque a Samuel, el miembro más joven de la familia. Desaparecido mientras ella cierra los ojos, Samuel es secuestrado por una entidad oscura. Culpan a un lobo de la desaparición, pero el miedo a algo allá afuera, el quebranto creciente de la familia y la extraña actitud de los gemelos con una cabra negra de su rebaño, van dando forma a los eventos.

Lo primero que sorprende de The Witch, es la hermosa fotografía de Jarin Blaschke que, por un lado, capta el esplendor del bosque y sus parajes, así como la presencia humana y sus vestidos; y por el otro, construye de manera increíble, fascinante y bella la mística oscura de las brujas sugerida por documentos históricos, pero sobre todo por el agraciado pincel de Francisco de Goya. Desde Haxan (1922), de Benjamin Christensen, ninguna cámara de cine había capturado imágenes malditas de realismo y belleza apabullante, haciéndonos creer en algo que aparentemente no pasa de ser superchería.

Pero para llegar a este logro técnico, se encuentra una investigación de Eggers que se expande durante 5 años y concluye en el gran logro plástico y narrativo que compone The Witch, filme cuyo verismo nos hace confrontar la peligrosidad que en aquel momento implicó la posibilidad latente de que cualquier buen día se acusara de brujería a cualquier individuo, especialmente a las mujeres, sin importar edad; y por otro, nos permite adentrarnos y participar en la fantasía de las brujas de manera radical. Es decir, este es un filme de dos tintas, y logradas sin problema.

The Witch denuncia, finalmente, cómo a través de los siglos la ignorancia y el fanatismo han sido los mejores aliados de nuestra civilización moderna y su conversión al catolicismo. Y ahí, finalmente, es donde se da el punto de quiebre y las decisiones que mejor convengan son las que se toman. Aquí, como en cualquier ecosistema de tragedias –y tras la hecatombe emocional– las soluciones que llegan desde la clandestinidad o lo marginal, si es que no son las mejores, son las únicas ante la injusticia y el poder corrupto

A esto, sumamos el regodeo anecdótico y narrativo de The Witch, y tenemos un filme como pocos. Eggers no es especialmente seguidor del género oscuro en el cine, lo cual podemos considerar que le permitió alejarse marcadamente de las líneas de éste, y permitiendo que la alquimia del cine de Bergman y Dreyer, junto al deseo por acercarse a los eventos reales y su época, consiguieran una obra vital en la que, a diferencia de lo algunos han considerado, sucede mucho al encontrar frescura en el pensamiento antiguo.

Como sucedió con The Blair Witch Project en su momento, a The Witch se le ha acusado de ser un filme que funciona con la dinámica de la publicidad con base en la promesa de que algo sucederá, de aquello que no se ve. Pero, por el contrario, como aquel mismo filme, en The Witch sucede mucho: el exterminio de una familia ante la omnipotencia de la organización más poderosa de la historia fundada en cuentos de hadas, además de proponernos de manera impresionante una manera de creer en las brujas.

The Witch, más que proponer el lado oscuro como una solución a las inequidades de la vida, su pecado parece que ha sido no presentar efectos de la Industrial Light and Magic o de Weta Workshop. Pero la culpa la tiene una industria que nos hace creer que todo debe ser de cierta forma, y no las hermosas fantasías que nos muestran mujeres levitando en oscuridad magnífica.

martes, 30 de septiembre de 2014

Killoffer y Frankenstein

El historietista francés Patrice Killoffer durante el mes de septiembre visitó nuestra ciudad, realizando diversas actividades, y de las cuales pocos se enteraron o interesaron.

Aquí rescato de la primera encarnación de Iconoctlán, un texto que escribí en 2008 sobre 676 Apparitions of Killoffer, un libro extraordinario, y Frankenstein Now and Forever, de Alex Blaradi, ambas publicaciones de L'Association y editadas en EU por Typocrat.

Cuando, de vez en cuando, uno se desintoxica del cómic yanqui, es como si te abrieran la cabeza y descubrieras una nueva sensación de libertad. Ojo, en ningún momento estoy diciendo que el cómic yanqui (léase de superhéroes) sea malo; pero en verdad que el balance es lo mejor.

Es como cuando llevas un rato de ver sólo películas gringas, y de repente ves una japonesa, una francesa o hasta una mexicana (o viceversa también, porque a veces uno se clava en las texturas), por nombrar sólo algunas industrias distintas a la hollywoodense. Pues esa sensación de redescubrir un mundo olvidado se da igual con la historieta realizada en otros puntos del mundo, como los dos títulos que hasta el momento ha publicado el sello inglés Typocrat.

676 APPARITIONS OF KILLOFFER, es una historieta realizada por el mismo historietista francés que firma como Killoffer. Construida a partir de una estancia breve del autor en Quebec, este espectacular ejercicio visual es de esos que uno ve y dice: “¡Ah, cabrón! Yo quiero dibujar como este maestro”. Killoffer se dibuja a sí mismo, deambulando por las calles quebequenses como lo hace por su misma psique. Toda la mugre de los "trastes sucios" que dejó en Francia viajó con él a Quebec, y mientras cruza por las calles quebequenses un soliloquio interno sobre las mentiras, los desechos corporales y el individuo le da el camino a seguir.

En realidad, no hay mucha explicación escrita por parte de Killoffer, solo unas cuantas páginas con la crónica de su sentir, para después dejar todo a su impecable línea clara en negro, evolucionando hacia la transcripción de la desesperación y el hartazgo a través de un ejército de Killoffers que representan toda la basura, o mierda, que uno va dejando en su vida, como el mismo autor declaró. la batalla de Killoffer con sus clones es desesperante y espectacular.

Killoffer es uno de los innovadores historietistas franceses que al lado de otros, como David B. y Lewis Trodheim, creó el importante colectivo galo L'Association.

676 APPARITIONS OF KILLOFFER es una opinión autoral que impresiona por el alcance de revelaciones como individuo que logra este artista y por su alto nivel plástico. Se trata de una obra inclasificable.

FRANKENSTEIN NOW AND FOREVER (Frankenstein Encore et Toujours), resulta igual de peculiar. Realizada por el autor suizo Alex Balardi, la idea de esta novela gráfica surge en este historietista tras la lectura del Frankenstein de Mary Shelley, y la necesidad de construir algo alrededor de la misma obra clásica.

Así, esta historia se desarrolla en Suiza, donde Shelley estableció y concibió la idea germinal para su clásico. Balardi nos presenta a dos mujeres jóvenes que curiosean entre los restos de un desalojo; ahí, una de ellas se encuentra una copia por demás maltratada de la novela Frankenstein, y ese hallazgo es suficiente para catalizar –o, más bien reconstituir- la locura y la depresión que descnasaba en estas mujeres.

El monstruo de Frankenstein, entonces, es el culpable de que caigan nuevamente; pero de la misma firma, es una víctima más del prejuicio que de su historia ha hecho uno de los dramas más célebres.

Aquí, los ominosos trazos de Balardi remarcan el alterado estado de la historieta, y permiten experimentar la incomodidad que en muchas ocasiones el entorno produce sobre sus habitantes.

Ambas obras pueden consguirse a través de www.typocrat.com

martes, 16 de septiembre de 2014

Los habitos peligrosos de leer HELLBLAZER desde hace más de 20 años. Una memoria.

En 1994, en el Polyforum Cultural Siqueiros se realizó la primera edición de la CONQUE, el primer esfuerzo en forma por asentar un certamen sobre historieta. Este lugar se transformó entonces en un importante refugio del medio pictográfico, permitiendo y colaborando en la constitución de una escena que hoy día presenta más o menos cierta forma.

Por aquella época vivíamos los embates de la construcción de una fuerte devaluación económica que alcanzó su cenit con el conocido como 'error de diciembre', una más de nuestras devaluaciones de rutina (aunque hay que darle su crédito como una inolvidable). A pesar de todo, comenzaban a proliferar locales y changarritos de comics e historietas, y había cierta oferta de traducciones de cómic en el mercado nacional, con Vid prácticamente como único sello editorial (nada comparable a lo que vemos hoy con cuatro editoriales que ofrecen más de 70 títulos mensuales en los puestos de periódicos).

Así, una convención con oferta de varias tiendas de cómics, un programa en forma con conferencias (impartidas, entre otras personalidades, por Yolanda Vargas Dulché, Sixto Valencia y Humberto Ramos), y un invitado como el maestro Sergio Aragonés, solventaron perfectamente este evento y prendieron la mecha de un bombardeo de cómics, cine, manga y anime que desde entonces ha continuado fluctuando.

La visión de los stands rodeando el Polyforum por dentro, los cuerpos sudorosos chocando por la no muy amplia pasarela que dejaban tales tendidos, y la galería de muchos cómics inalcanzables para no pocos presentes ante la evidente devaluación marcan mi recuerdo de aquella ocasión. Sin embargo, mi memoria más vívida es, sin duda, la oportunidad de conocer a don Aragonés e, igualmente, mi fabulosa adquisición de la recopilación de los números 41 a 46 de Hellblazer: Dangerous Habits, que por aquella época acababa de ser publicado por Vertigo Comics.

La historia es la siguiente. Entre las actividades que se organizaron en aquella ocasión hubo una en la que pude participar: Un concurso de trivia cuyo premio sería el Volumen 1 de Spider Man Marvel Masterworks. El concurso era para equipos, lo cual ya me ponía en desventaja, pues aquel día no iba ni con mi hermano ni con un amigo que compartía nuestros intereses. Así que tuve que hacer uso de mis escasas capacidades para socializar, y reuní a un grupo de tres o cuatro entusiastas que nos habíamos conocido horas o un día antes (no recuerdo exactamente) en la fila de acceso y en las distintas actividades de la CONQUE.

No recuerdo cuántos equipos concursamos, aunque éramos más de dos, sin duda. No recuerdo cuántas etapas fueron ni cómo fue dándose la eliminatoria, pero recuerdo que nuestro equipo resultó ganador tras responder un par de preguntas: una que versaba sobre la KGBeast, de la conocida saga de Batman, y otra sobre el Spirit, de Will Eisner, que tuve el tino de responder. Fue así que nos levantamos triunfales con el compilatorio del arácnido, y fuimos medianamente felices.

Lo fuimos a medias, porque entonces seguía el dilema de qué hacer con un libro para tres o cuatro personas. La solución lógica que encontramos fue ofrecer el libro en el stand de Cómics S. A. (de las primeras tiendas de cómics en el D. F.) a cambio de crédito para gastar en el mismo stand de ésta que, coincidentemente, fue la misma que proveyó el libro para el concurso. Hablamos con Carlos Tron, uno de los dueños de Cómics S. A., le platicamos nuestra situación y estuvo de acuerdo en la propuesta, ofreciéndonos -así- un crédito de 50 pesos a cada uno (ahora entiendo que éramos cuatro los integrantes) que, en suma, componían los 200 pesos que costaba el mencionado libro.

Sin duda, a los cuatro se nos hacia agua la boca con la posibilidad de poseer los primeros números del Araña en una edición de lujo en pasta dura; pero para ello tendríamos que haberlo rifado entre los cuatro (algo que habría resultado cardiaco) o contar con el dinero suficiente para cubrir el crédito de cada uno de los restantes dueños del libro. De esa manera, los 50 pesos de crédito para cada uno fueron más que buenos.

En mi caso, yo ya tenía prácticamente un acuerdo diabólico: pues había visto que contaban con la recopilación de Dangerous Habits, para la cual sólo tenía que completar 10 pesos.

Para ese momento, llevaba ya dos años adquiriendo Hellblazer mes a mes, desde su número 61; leer, entonces, el -para entonces- ya importante primer arco narrativo escrito por Garth Ennis, era una necesidad personal. Aquí estamos hablando de un periodo en el que las recopilaciones no eran algo automático como lo son hoy día. Se producían más a cuenta gotas, y sólo cuando la popularidad y trascendencia de la obra lo ameritaban. De Hellblazer, en aquel momento, sólo existía una recopilación de los primeros 9 números de la serie, escritos por Jamie Delano e ilustrados por John Ridway. Y hoy, tras 23 años de que tal saga se publicó por primera vez en su título mensual, y 20 exactos de que se recopiló en libro, es presentada por primera vez en México, edición de la cual me encargo en la traducción y formo parte del equipo que la publica mes a mes. Así que, por esta sonrisa diabólica del destino doy gracias a Satanás. Y a ustedes, les recuerdo que no dejen de leer esta lectura que es un obligado para el degustador de buen y clásico arte secuencial.

martes, 26 de noviembre de 2013

RESEÑAS: The Shaolin Cowboy, Velvet, Mecánico de amor, Afterlife With Archie y The Sandman Overture

THE SHAOLIN COWBOY, por Geof Darrow / Publica Dark Horse / 399 centavos de dólar

Los historietifilos agradecemos la existencia de autores como Geof Darrow, genio del lápiz y la tinta quien construye sus propias reglas y condiciones. No siempre hay una historieta de él, porque su trabajo se define por el detalle dentro del detalle, exigiendo horas y horas de trabajo. Las planchas de sus obras se acercan más a las obras de un Brueghel o un Bosche que a las de sus colegas contemporáneos; aunque la excentricidad, fantasía y sinsentido del cómic nunca están ausentes de su obra. Tras el cobijo de los hermanos Wachowsky hace algunos años, este autor regresa con su inclasificable monje shaolin que se las sabe de todas todas en el arte marcial y la violencia, ahora bajo el sello de Dark Horse que con el par de números que se han publicado hasta el momento cimbra el estado de las cosas dentro de las viñetas, las páginas y de ahí al exterior del lector con mímica pura. Abriendo esta saga con un resumen escrito que puentea entre el fin de la miniserie publicada por los creadores de The Matrix en su sello Burlyman y esta nueva serie, la cascada de imágenes demenciales propuestas por Darrow tienen que leerse para creerse. Y tras la contextualización, el lector no deja de viajar con las viñetas que arrancan con una rana en el desierto, seis años después, cuando Shaolin Cowboy finalmente logra abrirse camino desde el centro de la Tierra… sí, leyeron bien. Este arranque en el desierto, de apenas unos cuantos kilómetros en el primer número, constituye un evento inolvidable donde la firma del autor al enfrentar el surrealismo atropellado en el aparente desolado terregal exige la concentración total del lector. El festín de sangre y carne seca producto del desmembramiento de zombies durante 33 páginas del segundo número puede parecer una exageración cuando en realidad es una obsesión con el detalle y el proceso de las cosas nunca antes visto. Lo que leen en este breve comentario y resumen seguramente les parece incoherente, pero a veces lo fantástico parece incoherente.

VELVET, por Ed Brubaker y Steve Epting / Publica Image Comics / 3. 50 dólares

Un thriller más por Brubaker podría parecer una exageración o necedad y dejarse a un lado. Finalmente, es algo de ambas cosas, pero eso no impide que lo propuesto en su primer número resulte hasta seductor. Como es de esperarse, durante las primeras 27 páginas de esta saga uno no puede estar seguro de nada ni puede terminar de entender qué está sucediendo en el juego de mentiras y charadas; pero cuando el oficio es innegable y las ideas no dejan de burbujear, la felicidad está frente a nuestros ojos. Un grupo de ex agentes cabrones, matan a uno y todo se vuelca para la organización, donde la asistente parece ser la más cabrona. El formato de Brubaker para esta historia y los dibujos de Epting (el genial binomio que hizo brillar hace un par de años al Captain America) reproducen un estilo de thriller setentero que hace pensar tanto en el mejor James Bond como en lo mejor del montaje de viñetas explotado por Paul Gulacy. La historia es sutil y los dibujos son simplemente preciosos.

MECÁNICO DE AMOR, por Chepe 3:16 / Edición del autor / 15 pesos

Directo de la llamada ´bella airosa´ llega un trailero panzón y en busca de amor; puesto para la acción en el camino, que lo enfrentará con mujeres y amenazas sobrenaturales y, por si lo anterior fuera poco, además, es el heredero de una respetada máscara del pancracio… Mecánico de amor, como se puede leer, es una mezcla de varios lugares comunes de la cultura popular del chafirete y la narrativa de los luchadores (cine e historieta). Esto no es necesariamente malo, simplemente podría resultar aburrido. Pero este no es el caso. La energía del historietista Chepe parece estar desbocada, aunque concentrada y con buen balance en su objetivo, que es crear un buen entretenimiento referencial. Sin meterse en problemas, la narración de Chepe se va dando como si se tratara de una plática entre cuates, brindándole frescura y dinamismo. En cuanto al trazo, parece reflejar más el estilo de los artistas estadounidenses de la escuela Image de los 90, pero con más carnita y grasita; es decir, más sabor e ironía. Hasta el momento, Chepe lleva ocho números publicados de Mecánico de amor, sostenidos por los anuncios de negocios pachuqueños entre sus páginas. Este esfuerzo autoral es uno que vale la pena leer y apoyar.

AFTERLIFE WITH ARCHIE, por Roberto Aguirre-Sacasa y Francesco Francavilla / Archie Comics / 3 dólares

La combinación del dramatis personae de Archie con zombies es algo que se antoja más ocioso que un nini, sin duda… pero si recordamos que Archie existe desde hace más de medio siglo, y que dentro de sus mitos se han dado series y miniseries con monstruos (donde no han faltado los muertos vivientes) e, inclusive, el famoso spinoff de Sabrina, la bruja adolescente, entonces la cosa ya no se nota tan ociosa, si no natural dentro de su ecosistema. Finalmente, cada lector y no lector de esta serie podrá pensar lo que guste, pero la propuesta resulta interesante. De entrada, las ilustraciones del italiano Francavilla aseguraban la buscada atmósfera, aun si el guión fuera algo insulso; pero el guionista Aguirre-Sacasa -quien desde su debut en la historieta con su acercamiento a los Fantastic Four en 4 dejó ver historias interesantes (además de que se sabe de su gusto por el género del horror, contando con Rosemary´s Baby como su película favorita)- arma una historia que, al menos en sus dos números publicados hasta el momento, conjunta la intriga y las referencias necesarias, en una historia muy bien balanceada. Jughead (Torombolo, es imposible dejar de escribirlo) y su perro Hot Dog son la semilla de la epidemia, con la ayuda de un poco de Stephen King, H. P. Lovecraft y Sam Raimi: la fórmula no podría ser menos seductora. No sé cuánto pueda sostenerse esta supuesta serie mensual, pero por el momento, esta invención es mucho muy atractiva, y nos hace pensar que este Aguirre-Sacasa es uno distinto al guionista del remake a Carrie

THE SANDMAN OVERTURE, por Neil Gaiman y J. H. Williams / Vertigo Comics / 5 dólares

La saga de Morpheus es conocida por todo lector de cómics que respete el medio. Debe saber de su riqueza narrativa y de la trascendencia autoral; de su complejidad técnica y del canon que dictó y que implica. Así, una continuación a los clásicos 75 números (más especiales), aunque sea en forma de precuela, implica diversos problemas, desde la posible carencia de interés por parte del lector hasta el peligro de convertirse en una caricatura de la excelencia que la saga logró en su momento hace varios años. Es imposible y ocioso, incluso, tratar de delinear un balance con un solo número, pero el placer que ha implicado leerlo no se puede negar ni callar. El primer número de esta serie es un placer palpitante a los ojos y al cerebro. Gaiman enreda con su prosa, uno más de sus paseos por los sueños, visitando viejos conocidos, sí, sin duda; pero sobre una alfombra tan tersa y hermosa como un sueño en cinemascope. El arranque con la flor Morpheus (que no se si homenajea o tan sólo hace pensar en el Swamp Thing de Alan Moore, en el capítulo Loving the Alien) es bello como pocas cosas en cómics recientes. Esa belleza difícil de describir, obra de Williams, se transforma y trastoca a cada página y acada viñeta. No puedo decir que su dibujo en esta serie sea más sorprendente que el realizado en la Promethea de Alan Moore, simplemente es igual de distinto y sin parecerse a otra cosa. Saber que con esta historia nos encaminamos hacia el sueño de siglos previo a la serie original parece restarle cierta fuerza al proyecto ante la certeza; pero sabemos que Gaiman está reconstruyendo la historia de su invención más grande y, hasta el primer número, se nota que su respeto y cariño por el personaje es inigualable y las sorpresas, entonces, no pueden ser pocas. Ah, olvidaba el arte de Todd Klein en los rótulos y de Dave Stewart en el color, más no se puede...