lunes, 21 de febrero de 2011

El Eternauta

La editorial RM de manera sorpresiva ha editado en México el clásico de la historieta El Eternauta, obra de los argentinos Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López. La edición es realmente buena y puede encontrarse ya en librerías. El siguiente texto lo escribí para el suplemento El Ángel, del diario Reforma, donde se publicó en octubre de 2007, para conmemorar el medio siglo de esta valiosa historia.



Hace nueve años en la colección “La Biblioteca Argentina, serie Clásicos”, este proyecto del diario Clarín llegó a su fin con la publicación de El Eternauta, historieta escrita por Germán Héctor Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López. Sin duda, menudo honor para una historieta en medio de clásicos de la literatura de aquel país.

En el prólogo que acompaña dicha edición, el periodista y escritor Juan Sasturain, junto a El Eternauta menciona a Martín Fierro como un par de ejemplos de clásicos que rompen con la rigidez del resto de obras valoradas en dicha colección: no se trata de novelas, tan sólo de narraciones en formatos menos obvios. Y así, Sasturain descarga sin pena al respecto de éstas dos: “Si algo jamás tuvieron de clásicos, fue la pretensión”.

En ese sentido, se sabe que Oesterheld al momento de idear El Eternauta sólo buscaba crear una historia más, dentro de su oficio de guionista de historietas, aunque instalada en la ciencia ficción y buscando renovar y acoplar el género al tiempo y al espacio.

Para 1957, el gobierno de Juan Perón había caído ya bajo el golpe militar, la inestabilidad política se instalaba de forma tan cotidiana, como lo hacían en todo el mundo –incluyendo Latinoamérica, por supuesto- la ciencia ficción hollywoodense (que hablaba de la Guerra Fría, la ‘amenaza comunista’ y la Era Atómica encarnadas en metáforas que tomaban la forma de amenazas de látex y gore en blanco y negro) y la de Superman y Batman desde la tribuna de los cómics.

Oesterheld escribía todos los guiones de las varias historietas que se serializaban en Frontera, su esfuerzo editorial; en México, José Guadalupe Cruz hacía lo propio guionizando una docena de historietas para sus Ediciones J. G. Cruz, aunque ninguna con metáforas tan politizadas como El Eternauta… tal vez la aparente estabilidad y el desarrollo brindado por el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines imposibilitó la necesidad de una queja en forma de metáfora fantástica.



Para detener la avanzada imperialista cultural Oesterheld pensó entonces en situar un relato de ciencia ficción en la Argentina del momento, haciendo de los sitios y referencias cotidianas parte importante del mismo relato. Buscaba que el espectáculo importado del mundo anglosajón no fuera la única referencia cultural que el espectador pudiera absorber; se trataba de un esfuerzo por darle referencias al público argentino.

Así, el 4 de septiembre de 1957, y durante las siguientes 116 semanas, Oesterheld y Solano López en el recién inaugurado Suplemento Semanal Hora Cero, iniciaban la crónica de El Eternauta, un relato apocalíptico de vocación visionaria.

La historia inicia en una de las soledades más grandes, aunque igualmente más prolíficas: la del escritor sentado frente a su mesa de trabajo y su máquina de escribir. Ahí, en un juego de espejos delicioso -y apenas el comienza de una sucesión sorprendente-, la epifanía se materializa frente a él en forma de un hombre. El narrador, por supuesto el mismo escritor, de historietas por cierto, tras la sorpresa y terror de una materialización atina a describir a un ser cansado y angustiado. Como el extraño explica poco después, se trata del Eternauta, mote que según sus propias palabras le obsequió un filósofo del siglo XXI, por su condición “de navegante del tiempo, de viajero de la eternidad. Mi triste y desolada condición de peregrino de los siglos”.

Y a continuación, el escritor, transformado ya en cronista, cuenta la historia transmitida por el Eternauta, iniciada en 1963 (cinco años en el futuro, entonces) cuando todavía era conocido como Juan Salvo, aquélla noche en que una extraña y repentina nevada marcó el primer día de la muerte de la civilización.

La nevada no sólo se sintió como un mal augurio, sino que se trató del primer paso de una civilización extraterrestre para acabar con la humanidad. Los sobrevivientes comprenden entonces que, a pesar de la ley de la jungla que seguramente reina entonces en las calles, la conjunción de esfuerzos es la única posible solución contra el enemigo extranjero. Así, las células de sobrevivientes poco a poco se van adentrando en la desolación resultante y conocen al enemigo... bueno, tan sólo a una de sus partes.

Oesterheld y Solano López entonces realizan una apreciación, en forma de aventura fantacientífica, acerca del hombre común, la familia y sociedad, y sus posibilidades ante el totalitarismo interno y ajeno a Argentina, y de ahí a Latinoamérica y el mundo.



Los ‘cascarudos’ y los ‘gurbos’, monstruosidades alienígenas que funcionan como fuerza de choque, no son más carne de cañón extraterrestre que los propios ‘manos’, aquellos seres cercanos a la forma humana con grandes cabezas y un juego de 14 dedos en cada extremidad y quienes, a pesar de ordenar las acciones de las criaturas mencionadas y las de humanos programados, son igualmente utilizados por los ‘ellos’, las entidades diseñadoras de esta invasión, y que por supuesto nadie conoce.

El cierre circular de El Eternauta, que deja al escritor-narrador del suceso con una tarea bien clara (contarnos la historia que hemos leído ya), aunque con muchas dudas y temores ante la aparente inminencia de la catástrofe futura, parece mostrar tanto el sentir de Oesterheld como, igualmente, revelarle o gradarle una intención que ya venía marcada en su destino; después de todo, en el título completo de la obra parece leerse claramente una revelación: “Una cita con el futuro: El Eternauta, memoria de un navegante del porvenir”.

Durante los años siguientes, aunque todo parece parte de una misma trama, se trata de dos posibilidades distintas, la realidad y la ficción, que finalmente llevan el mismo cauce: Oesterheld simpatiza fuertemente con los movimientos políticos juveniles, se suma a la militancia para construir un Gobierno Popular, y ya iniciados los 70 se une a la organización guerrillera Montoneros. La renovada conciencia social y política del escritor ya se perfilaba desde aquella línea puesta en voz de un ‘mano’ en El Eternauta, como advertencia a los lectores, a la sociedad: “empezar a sentir miedo, es empezar a morir”.

En 1969 realiza junto con Alberto Breccia (auténtico genio que logró momentos sin precedente en la plástica de la historieta) una nueva versión de El Eternauta cuyo expresionismo gráfico subraya el carácter ya abiertamente militante de esta nueva apreciación: ahora, sólo se trata de Latinoamérica contra los extraterrestres, pues los países ricos son quienes los han vendido. Esta versión, por supuesto, es censurada y terminada abruptamente.
La militancia se concentra y la represión crece aterradoramente: Oesterheld es secuestrado, y sus cuatro hijas y dos yernos, como miles más, son asesinados entre 1976 y 1977.

Precisamente en abril de 1978, cuando se considera que fue asesinado en una prisión clandestina, finaliza la publicación de El Eternauta 2, secuela también dibujada por Solano López, y en la que el escritor-cronista de la primera, ya ahora identificado como Héctor, entiende ya su condición como viajero del tiempo, como conciencia inacabable.

Allí, en el éter, entre conciencias, realidades y posibilidades, Juan Salvo y Héctor Oesterheld seguramente continúan observando y cuidando de la libertad desde el camino que hace medio siglo iniciaron.

jueves, 10 de febrero de 2011

Un poco de Infierno con Hideshi Hino

Acceder al imaginario de Hideshi Hino, de entrada, sólo debe hacerlo aquel lector y espectador que, además de las ideas y propuestas comunes y corrientes, busque y guste de apreciaciones peculiares, viscerales y violentas en el arte. Y aún con este background, quien corra con la suerte de tener en sus manos algunos de los mangas de Hino, sin duda, se llevará una gran impresión.

La tónica de la obra de Hino en manga (porque recordemos que también está su colaboración en la ultraviolenta serie de Guinea Pig) resulta una aberración al establishment artístico, pues su obra compone un enigmático estilo, que combina ciertos elementos relacionados con la ilustración para niños con una estética cuasi repulsiva y depurada además de, y sobre todo, abordar una serie de temas verdaderamente rudos y surrealistas. Es decir, no es lo que el pensamiento políticamente correcto espera. Que se trate de una aberración dentro del establishment artístico no lo digo en detrimento de dicha obra, por el contrario, la aplaudo como una de las visiones más auténticas y arriesgadas que nuestros ojos puedan ver en el arte contemporáneo.

Panorama of Hell y Hell Baby, durante años, fueron las dos únicas obras editadas en EU de este autor, un compendio de locura y alienación que pocas veces ha sido visto en la historieta: la historia de un bebe arrojado al basurero por sus padres y que cobra venganza, sí como el relato del artista con auténticas visiones del Infierno, no tienen par. Sin embargo, a mediados de la década pasada el sello DH Publications comenzó Hino Horror, biblioteca del autor en la que se esperaban publicar 100 mangas.



La realidad no pasó de 14 tomos, pero en ellos pudimos constatar el impresionante Infierno que corre a través de las venas de este mangaka. Por mencionar tan sólo tres de los títulos publicados dentro de dicha colección: Red Snake, Bug Boy y The Living Corpse. El primero es una historia de maldición familiar, en la que todos los integrantes de una familia parecen esperar la llegada de la locura: ésta se presenta en la forma de una serpiente roja que, en realidad, no es más que el elemento clave de un juego de espejos. La segunda es una de las varias de niños peculiares que le encantan a Hino: Sampei sólo encuentra refugio en el santuario que ha construido en un basurero, donde hospeda a todas sus mascotas. Su relación con éstas y con los humanos cambia drásticamente cuando es mordido por un gusano que ha surgido de su propio vómito (sí, así es), y una extraña transformación comienza a suceder. Y el tercero es el doloroso y horroroso errar de un cadáver viviente que no sabe de su condición; en un paralelismo a El extraño, de H. P. Lovecraft, Hino habla prácticamente en primera persona del dolor de este cadáver, relato que construyó cuando él mismo padecía una enfermedad dolorosa.

Tras el malogrado esfuerzo de DH Publications, Dark Horse lanzó Lullabies from Hell, un volumen con cuatro historias dementes de Hino, en donde puede leerse Zoroku’s Strange Disease, otra crónica de dolor y pústulas que unos años después formaría parte de la serie de adaptaciones en v-cinema: Hideshi Hino’s Theater of Horror, una saga que, de menos, me parece presenta una gran obra en el terreno de lo super creepy: The Boy from Hell, a su vez una variación a Hell Baby.

Metáforas de alienación y terror absoluto es lo que Hino construye como sólo él sabe hacerlo. Y a continuación les dejo con parte de una entrevista que hice en 2004 por teléfono (por supuesto con ayuda de un traductor) con el mismísimo Hino.



Es común que el autor atormentado, a través de metáforas en su obra, deje salir todos los malos recuerdos y vivencias de la infancia y la adolescencia. Con Hino, sucede de forma distinta; pues a pesar de que efectivamente su trabajo reviste de fantasía las memorias, el discurso del autor es muy crudo y mucho más cercano a su vida de lo que podría creerse.

“Nací en Manchuria , y cuando finalmente comencé a entender las cosas del mundo, mis padres me contaron cómo se creó dicha nación; como se sabe, fue a partir de la invasión japonesa a China. Eso, para mí ha sido una situación difícil pues, por una parte, me cuesta trabajo aceptar que nací ahí, pues me siento culpable de lo que los japoneses hicieron el pueblo chino; y por otro lado, a pesar de todo, no puedo evitar las ganas de visitar esa que es mi tierra natal. Este sentimiento confuso hacia mi lugar de nacimiento me ha causado cierto trauma desde la infancia”.

“Todo esto tiene que ver con problemas de identidad. Comenzando con Manchuria, un país que en la actualidad ya no existe y que ha quedado como una simple ilusión. Cuando mi familia regresó a Japón tras el término de la segunda Guerra Mundial, siendo yo aún un bebé, fue que mi padre comenzó a ir de un lado a otro y sin darme la oportunidad de establecerme y tener amigos”.

“En uno de esos lugares, viví poco más de lo normal, y causó un profundo impacto en mi vida. Se trataba de un lugar lleno de arrozales y campos de cultivo, con un río y todo era como un paraíso. Con la urbanización el lugar cambió su paisaje al de un horizonte fabril, en el que el río se llenó de aguas residuales y miles de alimañas. En algún momento, tal vez, sentí que ese lugar era mi tierra; sin embargo, estaba ya destruida. En mi manga, presento escenas de zonas industriales con fábricas que alzan sus chimeneas. Eso para mí, no representa más que terror, aversión y odio”.



Todo eso, puede decirse, ha funcionado como una especie de musa contaminada; pues las influencias de Hino no pasan de una docena, además de ser muy arquetípicas. Es decir, la obra de este artista es netamente original.

“Me gusta la obra de Ray Bradbury, en especial El hombre ilustrado, que creo definió el camino de mi trabajo. Igualmente me impactó La metamorfosis, de Kafka, y el Frankenstein (James Whale, 1931) de Boris Karloff”.

Aunque los recuerdos son difíciles de olvidar, para Hino parece que el tormento ha pasado. Su obra, aunque cruda y difícil de digerir, ha encontrado un público que al mismo autor ha sorprendido. Y en ese proceso es que este artista, tal vez, está a punto de experimentar aquello que no pudo cuando niño.

“Bueno, hacer mi manga y colaborar en Guinea Pig ha sido muy importante y necesario para mi. Pero así como antes de ser mangaka traté de ser director de cine bajo la influencia de Akira Kurosawa, ahora me gustaría hacer libros infantiles. La experiencia de reflejar mi mundo en Mermaid in a Manhole fue muy grata, y ahora me gustaría hacer eso con ilustraciones infantiles”.

jueves, 3 de febrero de 2011

Sin palabras.



¡Uta! No hay palabras. Ya hace unos meses había comentado de la exposición que la Fundación Cartier le realiza en Francia al maestro Moebius. Obviamente, uno puede imaginarse algo impresionante, pero chequen aquí las fotos para que sientan auténticas ñáñaras del nivel del artista, del nivel de la exposición y de la importancia que a la historieta le brindan en otras partes del mundo. Me he quedado sin palabras.