viernes, 3 de abril de 2020

Juan Giménez, México y Sitges

¿Cuánto cambiará el mundo o cuánto cambiaremos nosotros...? Es algo que aún no sabemos, que aún no queremos saber o que no estaremos dispuestos a saber mañana, en una semana, en uno o dos o tres meses.

Con lo único que podemos contar desafortunadamente es con los datos, con el frío bofetón de las noticias. Y así fue como hace unos días nos enteramos de que el gran ilustrador, narrador e historietista argentino Juan Giménez estaba infectado de COVID-19, y que desde días atrás yacía hospitalizado. Ayer nos enteramos que su cuerpo no resistió más y que fue vencido.

No me gusta esa palabra, pero en este caso me parece que resulta detonante porque Giménez –como todos los grandes artistas, y cualquier gran profesional en todo rubro que se les ocurra– contagió con su talento y, además, nos entregó imágenes inolvidables, indelebles, que hasta su momento no habían sido vistas en los terrenos de la plástica y la narrativa. Es decir, su trabajo habla de vigor total, nada de batallas perdidas.

Como muchos lectores –creo– me vi inmerso verdaderamente en su trabajo al comenzar a leer en forma La caste des Méta-Barons, con guiones de Alejandro Jodorowsky, durante su publicación en EU a partir del año 2000. Ya antes había tenido oportunidad de leer alguna historia corta o episodio de algún trabajo más extenso –incluso ya tenía uno o un par de álbumes de los Metabarones, pero que aún no leía porque no los tenía consecutivos– en algunas páginas de las muchas antologías europeas y estadounidenses que tenían a bien reproducir los trabajos de muchos grandes autores trabajando para el mercado europeo.

Con los Metabarones me encontré ante una obra cumbre del medio y de la narrativa de la CF del Siglo XX. No voy a hablar de la increíble historia de esta saga de una genealogía de mercenarios intergalácticos a través de los siglos y del espacio, plena en drama, acción, sangre y pasión. Hasta ese momento, y hasta el día de hoy, no se ha visto una space opera como Le caste des Méta-Barons.

La mitad del peso de esta extraordinaria obra recae en la imagen, un trabajo que Giménez construyó con la experiencia acumulada por los años (obras como Basura o El Cuarto Poder, dan fe de su maestría), y estudios en diseño industrial (por un lado, con un fascinante conocimiento ergonómico aplicado a sus máquinas y espacios) y de la pintura y las bellas artes (por el otro, aplicado de manera descomunal con la utilización del color y en el uso de la luz, la figura humana y esos rostros que me recuerdan a Rembrandt y el Barroco en general).

De esa manera, esta saga ofrece un espectáculo sin precedentes, donde tanto el texto como la imagen plantean nuevos caminos para el medio y detonaciones mentales para los lectores.

Los ocho retratos de ocho protagonistas que Giménez pintó para cada episodio de la saga, son un aspecto que hasta ese momento poco se había explorado en el cómic. Se trata de retratos que semejan haber contado con un modelo real y, sobre todo, que nos hablan de un futuro lejanísimo que de manera interesante voltea hacia el Barroco para capturarlo. Es algo esplendoroso e inolvidable.

Juan Giménez visitó México en 2003, como parte de la convención de cómics Utopía, y ahí coincidió con Carlos Meglia (ya fallecido) y Francois Boucq, los tres, artistas que habían colaborado en distintas obras en cómic escritas por Jodorowsky.

Tuve la ocurrencia de proponerles realizar una suerte de mesa de discusión con los tres como entrevista hablando de su experiencia colaborando con Jodorowsky, y corrí con la suerte de que aceptaran de buena gana.

La entrevista resultó una revelación, donde los tres encontraron tanto fascinante como complicado trabajar las ideas y los guiones de Jodorowsky, y terminaron agradeciendo el momento porque lo habían considerado una especie de terapia en la que pudieron hablar de algo que no habían hecho y que entendieron necesitaban externar.

Los tres grandes personas, y en el caso de Giménez y Boucq autores consumados. De Giménez además de un sketch dibujado en uno de mis tomos de Le Caste des Méta-Barons (que posteriormente logré que firmara también Jodorowsky) me llevé una muy grata impresión de una persona que no sólo era afable por amabilidad profesional, sino porque su espíritu así estaba delineado.

Cuatro años después, en 2007, tuve la fortuna de asistir por tercera ocasión al Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges, y mientras esperaba en el lobby del Hotel Meliá para realizar una entrevista, me topé con el mismo Juan Giménez; mi sorpresa sería doble por el inesperado contacto y porque este gran artista me reconoció de su visita a México. Me platicó entonces que desde los años 80 residía en la hermosa localidad de Sitges (espacio que, comprendí, concentraba a grandes historietistas como, entre otros, a Horacio Altuna, de quien pude ver una exposición un año antes, o el también gran maestro Manuel Sanjulián, a quien pude conocerlo un año después en la inauguración de una muestra en homenaje al filme Casablanca), que era un lugar realmente acogedor, y que cada año era invitado al festival y que asistía con gusto porque era momento para pasarla bien con amigos y viendo cine interesante.

Recuerdo que le pregunté qué posibilidades había de adquirir un original de su trabajo, y de la manera mas amable me dijo que no le gustaba hablar de eso, porque no sabía cuánto podría costar. Nos despedimos y cada quien siguió su camino. En 2015, durante la edición 50 del certamen, le fue entregada la María Honorífica.

Hace unos meses, en el número 74 de la edición original de Batman, se publicó una portada variante firmada por Giménez, y ese inequívoco toque del Barroco le daba un realismo de galería al Hombre Murciélago en portada. Hace un par de días salió a la venta la recopilación mexicana que incluye dicho número, y para ello se publicó una portada variante para darle salida a tan magnífico retrato.

Estamos en marzo del 2020, y nos enteramos que el maestro Giménez había ido a Mendoza, Argentina, su ciudad natal, con la intención de pasar la cuarentena ahí... el problema fue que el endemoniado virus parece que lo vino siguiendo desde España.

Y hoy, todo esto se agolpa en la memoria, porque ayer, a los 76 años, Juan Giménez en apariencia perdió la batalla. Escribo en apariencia, porque físicamente se lo ha llevado un virus enquistado en nuestra sociedad; pero los mundos, los colores, las fabulosas máquinas y criaturas de sus historias han afectado profundamente nuestras ideas y, sin duda, estas se contagiarán también exponencialmente y, ante estas, no habrá distancia que las aleje de nosotros.

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